Compartir
Barranquina cambió de champú y jabón pero no se lo contó a su sicólogo. Terminó suicidándose

Barranquina cambió de champú y jabón pero no se lo contó a su sicólogo. Terminó suicidándose

(ASIA SUR) Se levantó renovada, tomó las pastillas del día para ser más feliz y decidió cambiar algunas cosas en su vida. Se dio un baño para empezar la jornada y al terminar su aseo personal luego de dos horas en la tina (para hidratar su piel dorada), decidió cambiar de jabón y champú. Sí, luego de casi 12 años usando lo mismo para quitarse las células muertas, decidió usar otro, simple, de otra marca, si no es tan comercial, mejor.

Así, Lucía Benavides Bellido de la Parada Prado, empezó el día. Oliendo a fresas y a invierno a pesar de que era verano. Esta vez decidió ya no salir a caminar sino a usar la vieja bicicleta con canastilla de la abuela y en vez de salir sin un sentido específico por la avenida Pedro de Osma, decidió ir a comprar pan a Vivanda de Miraflores. Todo le estaba saliendo de maravilla y quería contárselo a alguien.

Era enero y el viento soplaba un aliento primaveral en Barranco, el ruido de algunos autos era imperceptible, el olor de los abetos y ficus en la avenida se dejaba distinguir, pequeñas aves revoloteaban por las copas… y en Irak un camión explotaba dejando 40 personas muertas y 300 heridos, entre ellos niños de una guardería.

Como sus padres estaban de viaje por Europa y sus hermanos en África, gracias a sus trabajos relacionados a las Humanidades (en realidad sus padres les recomendaron ir a África para que conozcan y se identifiquen con el Perú), decidió llamar a su amiga Skarletty Echenique, pero no estaba, se había ido a la playa “porque era miércoles y ese día no hay mucha gente que te perturbe a las 11 de la mañana, alucina”.

Fue así que decidió adelantar su cita con el sicólogo. Lo visitó luego de almorzar legumbres en vinagre de manzana mediterránea. Le contó sobre su decisión de ya no matarse “porque la vida no valía la pena, ya que nadie me comprende”. Le dijo que se sentía bien como nunca y que todo había empezado cuando abrió los ojos al amanecer de las 10:30 de la mañana.

El sicólogo la escuchaba atento, apuntando todo en un cuadernillo (en realidad apuntaba lo que llevaría a casa para que su esposa lo perdone por una infidelidad con su contadora). Ella le narraba todos sus avances emocionales y hasta le contó que sonreía a las personas que pasaban (las personas que pasaban notaban cierta neurosis en su mirada y algunas por miedo le sonreían). Hasta que cumplió su tiempo con el especialista en aguantar a la gente aniñada y ella salió más renovada aún.

Había llegado al consultorio en bicicleta y con la misma se dispuso regresar a casa. En las avenidas había cierto tráfico pesado, pero a ella no le importaba un carajo porque estaba en bicicleta. Barranco expelía encanto y misticismo con sus casas que inspiran a los artistas de Lima y en Huánuco la tasa de desnutrición dejaba 5 víctimas en el hospital Hermilio Valdizán.

Cuando estaba en medio del camino, a las 4 de la tarde, recordó que no le contó a su sicólogo que había decidido cambiar de jabón y champú y que todo lo bueno que le acontecía giraba en torno de ese cambio. “Mañana se lo cuento”, se dijo para sí misma. Pero no pudo quitárselo de la cabeza. A la media hora sintió ansiedad, tomó más pastillas. Luego tomó dos tazas de café cargado y encendió el televisor. Hacía zapping, pero estaba ida. En cada canal se miraba a ella misma contándole al sicólogo que había cambiado de champú, que olía más rico y que el jabón era más suave y además olía a fresas orgánicas.

Finalmente, como ya me cansé de relatar la vida de alguien que le importa una mierda los demás, ella terminó por suicidarse. A los 20 días la encontraron en su cama, durmiendo plácidamente con 20 frascos de barbitúricos y con la misma cara de lorna. Había acabado con su vida que seguro deseaban miles de mujeres que no tienen ni pa estudiar. FIN.

Facebook Comments

About these ads

¡No comentes! ¡No! ¡No lo hagas! ¡Nooooooo!