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Crónica de la primera noche de Ollanta con Fujimori, una penetrante historia

Crónica de la primera noche de Ollanta con Fujimori, una penetrante historia

Al principio todo fue de terror para el Cachaco Carlos, ni bien ingresó a la casa dorada del chinito se llenó de pavor, a pesar que a él no le temblaba la mano cuando tenía que acatar órdenes de sus superiores en la lucha contra la subversión (ya imagínense cómo fue eso si los superiores eran Montesinos y el mismísimo Alberto Fujimori), esta vez sí tuvo motivos para que la médula se le ponga a temblar y el cerebelo le envíe todas las señales de peligro a pesar que el cerebelo no se encarga de eso.

Alberto recibió a Ollanta con un contrato de alquiler por usar su jatazo mientras esté recluido, la mensualidad, según el documento, es de 50 mil dólares porque esa era la cuota que debían pagar los narcos en el VRAEM durante el gobierno del papá de Keiko, además, el dinero sería entregado en una maleta, como para no perder la costumbre.

El personal del INPE comenzó a hacerle el recorrido guiado a Cosito para que conozca todas las instalaciones. Comenzaron por la sala, muy parecida a esa imagen que tenemos todos donde Montesinos le entregaba fajos gigantescos de billetes a sus amiguitos, ahí no hubo mucho que mostrar pero Ollanta pudo notar claramente lo que ya le habían contado, un televisor 25K ultra hiper plus HD de 9 456 pulgadas, un Play para cuando las nietas visitan al abuelito chino que es japonés, un perro de jebe para cuando va Kenji y un sillón maseajedor de esos que te hacen dormir para Keiko.

El primer problema se presentó cuando le mostraron la cocina, un enorme horno hizo que el corazón se le detuviera por varios segundos a Ollanta, realmente temió por su vida a pesar que él está muy familiarizado con las cocinas porque en casa y en Palacio paraba más en ese lugar que en cualquier otro, no pudo evitar imaginarse siendo cocinado como en caja china, “Madre Mía”, se le escuchó exclamar.

El resto de la estancia consistía en su propio dormitorio, con cama de agua en forma de corazón, obvio, el patio de paseo donde Ollanta podrá hacer sus matinales ejercicios mientras que el Chino practica su Tai Chi, el jardín con plantones de marimba, pasando por el baño con su calentador de agua para el lavaculo de lo más explícito y, finalmente, la lavandería, donde se pudo observar varios montones de dólares y de donde se supone, Keiko pasa la mayor cantidad de tiempo cuando visita a su viejo, lavando y lavando, claro está.

Hasta ese momento y por varias horas más, la cosa fluyó con normalidad, no se pudo observar al exdictador por ningún lado pero se sospecha que estaba escondido dentro del clóset (más grande que tu casa), planeando sus próximos movimientos. Hasta ahí todo tranquilo, el problema para Ollanta ocurrió al caer la noche.

Como buen cachaco, Don Carlitos come su rancho puntualmente y esta vez no podía ser diferente, sobre todo si te mandan a vivir en una mansión con servicio completo. Como decíamos, Ollanta se preparaba para cenar cuando de pronto Alberto ingresó, sombrío, por la puerta lateral portando una enorme yuca, un bacalao y una espada samurái. Sin saludar se sentó frente a Humala, quien temblaba de terror y estaba a punto de llorar, como cuando Nadine se molestaba con él.

La cena fue servida, un rancho de arroz mazacotudo con plátano frito y tres pichones hervidos para el Comandante y un aeropuerto taipá con su wantán más para el japonés. Comieron en silencio, tragando poco a poco la idea que esa escena se tendría que repetir toda la noche, la cena terminó sin sobremesa y ambos se dispusieron a retirarse, llenos pero insatisfechos.

Pasaron varias horas más sin novedad alguna hasta que un ruido llamó la atención de Ollanta, éste se dirigió hasta donde sospechaba que se producía tal estrépito y grande fue su sorpresa al ver a Kenya, con una botella de sake en la mano, estar cantando borracho al más puro estilo del maestro Miyagi en Karate Kid e interrumpiendo su cántico con gritos de “soy inoceeeeeente” para luego zamparse varios sorbos del licor de arroz. Ollanta observó la escena en silencio y se retiró a la ducha para luego intentar dormir, grave error.

El Capitán Carlos ya estaba calato y dispuesto a abrir la ducha cuando el jefe de los Colina pateó la puerta al ingresar a la misma estancia, también calato, se acercó decididamente hasta Ollanta, lo miró con resolución, cogió el jabón y lo dejó caer. Uyuyuyyyyyyyy.

El momento fue tenso, ambos se observaban fijamente sin atreverse siquiera a moverse, el jabón yacía expectante en medio de los dos, ninguno se atrevía a recogerlo, ¿quién daría el primer paso?, ¿quién sería el primer cojudo en agacharse?, los minutos fueron pasando y nada se movía en ese pequeño metro cuadrado que albergaba a ambos expresidente (y al jabón), hasta que se apagó la luz.

No se sabe qué sucedió después por la inmensa oscuridad del recinto, nadie sabe cómo resolvieron ese tenso encuentro, lo único que se ha podido saber, hasta el momento, es que uno de los dos no durmió en su cama.

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