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El día en que Keiko perdió el apellido Fujimori

El día en que Keiko perdió el apellido Fujimori

Keiko preocupada

Keiko se despertó como todos los días se despierta, cansada, cansada del trajín de las elecciones. Su esposo aún dormía, en un rincón de la cama, casi al borde, al límite, burlando las leyes, las leyes de la naturaleza para no caer al suelo. Con los años había adquirido el superpoder del equilibrio y ya no se caía más de la cama.

-Ven Kaori, hijita, ven –dijo Keiko, esta vez sin obtener respuesta de salvación.

Alterada por la tranquilidad del hogar, se levantó buscando a la empleada, que al parecer no había llegado a trabajar a las 4 de la mañana, como todos los días lo hace con puntualidad. Algo estaba mal, algo había cambiado, algo había mutado misteriosamente y sentía que las cosas no estaban siendo iguales a las acostumbradas, que con disciplina militar oriental, sucedían todos los días.

Keiko abrió su agenda para asegurarse de estar segura que podría cumplir con lo encomendado durante el día entero, pero encontró las páginas vacías, sin actividad alguna, eso le pareció aún más extraño ya que recordaba con claridad que el día anterior, antes de dormir, había hecho la revisión acostumbrada y hasta había apuntado algunos pendientes adicionales. El sonido de su celular la sacó de su ensimismamiento.

-Hola papá.

-Hija, te tengo una mala noticia… -Alberto titubeaba- tu apellido, Keiko, ya no eres una Fujimori y eso será terrible en tu campaña, tu apellido ha desaparecido.

-¿Cómo puede ser eso posible? –Preguntó sin perder la calma, aún.

-Algo ha sucedido en la madrugada, esto es de brujos. Te llamaré más tarde, tengo que hacer buscar como para revertir el daño –Y Alberto colgó.

Keiko, la ahora exfujimori, abrió lentamente su cartera, extrajo su documento de identidad y, con un temblor inusitado, descubrió que ya no se llamaba Fujimori.

Decidió no despertar a nadie en su casa y salió para dirigirse a su local de campaña, al no encontrar a su chofer ni a cualquier otro personal a su cargo, tuvo que conducir ella misma su camioneta particular, la que nunca usa, por no haberla declarado como parte de su patrimonio, pero la situación era desesperada y cualquier prudencia era poca ante la premura de descubrir lo sucedido.

No tuvo problemas para salir porque la prensa, comprada o no, que siempre le hacía la guardia para seguirle los pasos a diario, no estaba al frente de su casa. No tardó mucho en llegar a su centro de operaciones. Encontró a un par de personas, antes fieles a ella, con los rostros desencajados.

-No sabemos lo que ha sucedido señora Keiko, pero en toda la propaganda, la publicidad, en los almanaques, las bolsas de arroz y los demás regalos para los votantes, ya no está su apellido- le dijo la primera de ellas, la segunda acotó:

-Esto ha matado la campaña.

En efecto, Keiko salió conteniendo las arcadas que convulsivamente se acercaban a su garganta y, sudando, saludó a la primera persona que vio en la calle. No obtuvo respuesta alguna, solo una mirada incrédula, como si no supieran de quién se trataba. Keiko regresó a su oficina.

-Recuerdo claramente que hoy a las 8 tenemos una cita en el mercado de Covida, en Los Olivos, son las 6:30, vamos –Ordenó.

-Pero somos solo nosotros tres –Replicaron al unísono las dos personas que quedaron en el local de campaña.

-¿Dónde están los demás, por qué no han venido?

-Sí vinieron pero al ver lo que había pasado con su apellido, decidieron irse, sabe Dios dónde –contestó la interrogada.

-En fin, igual vamos, tenemos un compromiso.

Así fue que Keiko y su comitiva de ahora tres personas tomaron rumbo al norte. Es obvio que la exprimeradama no manejó porque nunca ha conducido por cuenta propia hasta los distritos populosos de la capital, por el contrario, ocupó su tiempo en meditar sobre su situación y cómo afectaría esto a su padre.

Llegaron.

Keiko fue la primera en bajar, de modo galopante se dirigió al lugar donde estaría armado su estrado pero solo encontró un vacío que le heló la sangre, todo comenzaba a confirmar que el cambio sí iba a afectar seriamente su campaña.

Para no perder el tiempo se dirigió a todos levantando la voz.

-¡Querido pueblo, soy Keiko F……….! –Pero no pudo terminar la frase, algo oprimía su garganta ahogando las intenciones de gritar su apellido.

Las personas a su alrededor la miraron con extrañeza por unos segundos y luego continuaron con su derrotero. Keiko, al borde de la desesperación y con el corazón acelerando a cada instante sus palpitaciones, se dirigió al puesto de María, fanática fujimorista. Le preguntó si había visto a su comité electoral a lo que le respondió que sí pero que se habían ido al ver que su apellido ya no existía, que la portátil contratada también se regresó y que por favor, no le haga perder más el tiempo porque tiene que trabajar:

-Si no va a comprar mejor váyase.

Keiko regresó a su casa, buscó a sus hijos, a su esposo, a su mascota y solo encontró el vacío, ellos ya no estaban, no había nadie en casa, tampoco contestaban el teléfono, se habían marchado y sin decir a dónde. Keiko se quedó sola, compungida, llorando hasta dormirse.

Al despertar, ya por la noche, prendió la televisión, abrió su Tuiter y comezó a leer los diarios, todo al mismo tiempo. El día estuvo plagado de noticias y comentarios sobre ella, fue la comidilla de las redes, el alimento de las hienas mediáticas, su nombre se encontró por todos lados mas no su apellido. Media hora después volvió a caer en el abatimiento, todo estaba consumado.

Indagar sobre los hechos solo confirmó que había perdido el apoyo de la población, los medios la trataban con desdén, sin rastro de aquel trato servil que hasta el día anterior le daban, se burlaban de ella, se mofaban en Internet, sus otrora defensores a muerte habían recuperado el propio aliento y lo usaban para hundirla, para lamentar su existencia, para destapar secretos que la sepultaban. Sus fieles seguidores ya no la seguían, sus eternos lambiscones buscaban otra sombra sobre la cual arrastrarse, la población que ciegamente la apoyaba ahora le daba la espalda mientras buscaba en el horizonte a alguien que esté interesado en comprar sus votos, ahora libres de obligación. Sonó su celular.

-Hola Pa…

-Solo te llamo para decirte que Kenji te reemplazará.

-Pero mi hermano es un inútil y sin mí está perdido.

-Y tú ya no te apellidas Fujimori y sin tu apellido eres nadie.

 

POR FIN

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