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Historia de un mamón, un verdadero mamón

Historia de un mamón, un verdadero mamón

El niño siempre fue un mamón. Llevaba ya cinco años a cuestas mamando y mamando de su madre hasta dejarla como una hoja que cae del otoñal árbol en contra de su voluntad, totalmente seca. La sed de leche era tanta que cuando terminaba con una teta se lanzaba hacia la otra sin miramientos ni contemplaciones; era un niño vampirezco, ávido de maternal sangre blanca, jugosa, lechosa, salada y aún conservada en femenino y humano envase. El niño era un mamón, un mamón de aquellos.

El mamón tenía una hermana, una hermosa hermana que acababa de traer a la vida a una criatura heredera de los achinados ojos de su madre –la hermana del mamón-. Era así que en casa se mamaba a toda hora, mamaba el mamón y mamaba la hija de su hermana; El alimento natural bullía de turgentes pechos musicales, la escena era un canto a la felicidad de la lactancia; los días eran una dicha llena de leche, aquel alimento consumido por los dioses antes de convertirse en humanos.

Una de tantas tardes en que la hermana del mamón alimentaba a su hija, sobrina del mamón en cuestión, aparecióse este a escondidas para observar el objeto de sus deseos siendo arrebatado de sus labios. Era otra leche, leche joven, abundante leche más fresca que la de su madre, leche nueva, delicia de las delicias que el mundo haya concebido; leche materna saliendo a borbotones de los senos de su hermana, leche negada para él, leche envidiada por el mamón.

Así, todas las veces que podía, observaba con lasciva envidia cómo su recién nacida sobrina alimentaba su alma con la leche de su madre; envidia tenía porque el mamón deseaba toda la leche del mundo, toda la leche de todas las tetas del mundo, deseaba atragantarse de leche y convertirse en leche para ser leche y vivir en la leche. Todas y cada una de las tardes el mamón se aparecía para presenciar aquel acto de sacrilegio contra su gula, deseando que el mundo se acabe… o se vuelva leche.

La hermana del mamón y su madre habían notado cierta conducta extraña en el mamón. Había comenzado a adquirir cierto estado de excitación cada vez que veía a su hermana dar de lactar, comenzaba a comerse las uñas, a rasgar los muebles, movía las piernas y hacía chocar sus rodillas con tal violencia que parecía que se le iban a quebrar. Pero el mamón parecía no notar el dolor y solo cesaba en su alocado acto cuando la blusa sobre los senos abrigaba el cuerpo de su hermana.

Una mañana en que toda la familia del mamón estaba reunida alrededor de la mesa, la pequeña hace poco nacida comenzó a llorar un llanto de hambre, de hambre de leche y, como toda madre, la hermana del mamón expuso uno de sus senos para alimentar a su retoño. Y así sucedió. El mamón que había vuelto a ver el pecho desnudo de su hermana a punto de expulsar chorros de alimento lechoso y comenzó a palidecer de angustia. La hermana del mamón se percató de esto, y aquello que ya venía sospechando se despejó como una duda que pierde la voluntad de ser duda y se convierte en una ineludible certeza. El mamón moría de deseo, languidecía de deseo, el mamón deseaba la leche de su hermana.

Cuando la pequeña sobrina del mamón sació su hambre, la hermana del mamón decidió retar todas las reglas del sentido común y, solo para confirmar sus sospechas, presionando fuerte sobre su seno, miró al mamón y le ofreció aquel divino envase de leche. El mamón se quedó paralizado, con los ojos desorbitados y con la mirada fija en los pezones que prometían leche, leche y más leche. La hermana del mamón, decidida a acabar ya con el juego infantil de llevar al límite el antojo de su hermano, en un último acto de alguien que ofrece y después niega, porque negar es lo lógico, dijo:

– ¿Teta?

El mamón se abalanzó sobre su hermana como un felino hambriento sobre su presa y se apoderó de ella, hundió sus colmillos sobre el pezón y comenzó a succionar en un acto de locura, de la locura de un mamón. Su hermana quedó sin voluntad alguna, estupefacta por lo que estaba pasando, mirando cómo el mamón de su hermano lactaba de ella como quien, en un desierto de sol abrasante, encuentra agua y la bebe hasta morir.

Cinco años después, un día familiar, cuando el mamón ya hacía tiempo había dejado de mamar, su hermana clavó la mirada en la de su hermano y haciendo un sutil acto de quien va a extraer su voluptuosidad, susurró:

 ¿Teta?

 Y el mamón comenzó a morir de sed.

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(Por ‘Tilpanbo’, miembro de DL2)

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