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Me enamoré en el Metropolitano

Me enamoré en el Metropolitano

(Ficciones)

Distraído sorbía mi quinua con manzana y mordía mi pan con camote, desperezándome o tratando de tomar valor para enfrentar a la estación Naranjal del Metropolitano. Fue hace más de un año, una mañana en la esquina de Túpac Amaru con Los Alisos, cuando lo vi. Era un hombre delgado y pequeño pero con una cabeza grande. Por la ropa, una camisa celeste con un pantalón azul marino, pensé que era alumno de SENATI. Luego recordé que ya lo había visto antes. Sí, era el mismo joven que bajaba también en la estación Canaval y Moreyra. Terminé mi quinua y entré a la vorágine de la estación del metropolitano, ese espacio vivo que aunque no lo parezca, tiene su propia lógica. Si quieres tomar el expreso 1, tienes que hacer cola donde dice expreso 3 y por arte de magia, la cola da vuelta y terminas dentro del bus que querías. La primera vez no lo entendía pero luego solo te dejas llevar. Desde el cielo se debe ver cómo un montón de hormigas que caminan por todos lados y sin embargo, funciona. En realidad de pasas más tiempo en la cola que en el bus.

Ese día andaba apurado y la cola no avanzaba. Tenía una reunión importante en el trabajo y empecé a desesperarme. Entonces veo que un expreso 3 partía y no había cerrado la puerta del todo. Decido arriesgarme y salto desde el andén, quedando entre las dos puertas, algo trabado. El chofer detiene el bus intentando abrir la puerta, pero había otra persona atorada. Cuando intentaba cerrarla, me aplastaba. En ese trance estaba hasta que siento que alguien me jala de la correa e ingreso. Era el flaco de camisa celeste. Me miró algo asustado y sólo atiné a hacerle un gesto de gracias algo seco, moviendo las cejas. Su cabeza apenas llegaba a mi pecho, sí que era bajito el muchacho.

Avanzaba el bus por el carril izquierdo cuando se detiene en la estación Tomás Valle. Ahí pasó el milagro. Increíblemente la puerta se abrió sin sobresaltos, quedando el Flaco y yo a un lado de la misma. Pero no fue incómodo. Al parecer, su cabeza grande y su pecho pequeño encajaban de manera perfecta entre mi panza chelera y mi pecho de gato. Fue algo rápido pero muy grato. Cuando la puerta se vuelve a cerrar nos alejamos y fue como si me hubieran quitado algo propio. El Flaco volteó la cara pero yo sabía que había sentido lo mismo. En el siguiente paradero nos volvimos a juntar y fue como despertar a la vida. Volvimos a encajar. Como el cóncavo y convexo de la canción de Roberto Carlos. Esta vez recostó su cabeza en mi pecho y yo saqué panza para mejorar la simetría. Fue mágico. De pronto sentí que no estaba en el Metropolitano, sino en el metro de New York o en un tren bala japonés. Al llegar a la estación Angamos bajamos juntos, dando pasos de costado, sin tropezar. Inmediatamente nos separamos y seguimos cada uno nuestro camino. Pero algo había cambiado entre nosotros.

Al día siguiente mientras hacía la cola lo vi un delante. Me sentí angustiado, él tomaría otro bus. Sin embargo, otra vez,  el destino. Antes de subir, se puso a un costado y dejó avanzar la cola. Cuando llegó el siguiente bus y me tocó subir, el subió e inmediatamente se pegó a mi cuerpo, empujándome a la puerta. No nos importó que otros nos empujaran o insultaran por no dejarlos pasar. La puerta debía ser nuestra. Era el destino, no había duda. Había encontrado la horma para este zapato viejo que es mi cuerpo. Ahora entiendo porque el imán de las puertas del metropolitano. No son un imán para idiotas, como leí hace tiempo en un artículo. Es un imán para enamorados, para personas destinadas a viajar juntos. Esa puerta era nuestro refugio y él era mi piel de Ángel. En esa puerta lo veía a él, a vista de todos, pero a escondidas, como canta Camilo Sesto.

De esa manera mi vida cambió. Subir al metropolitano ya no era un suplicio, todo lo contrario. Me hacía feliz. Empezamos a compartir música, intercambiando los audífonos. Le gustaba Justin Bieber, por lo que mentalmente lo empecé a llamar Justin. A veces frotaba su oreja en mi pancita. Cuando él hacia eso, yo tomaba aire y sacaba más la panza, mientras con mi barbilla le acariciaba sus cabellos. Eso normalmente ocurría los lunes. Era nuestra forma de decir que nos habíamos extrañado durante el fin de semana. Así pasaron días muy felices. Una vez bloquearon el Metropolitano y bajaron a todos los pasajeros, pero nosotros nos quedamos ahí. No nos importó llegar tarde al trabajo. Era más importante nuestro amor.

Un lunes de hace dos meses, le tenía una sorpresa. Había cargado el último disco de Justin Bieber en mi celular y quería hacérselo escuchar. Además llevé unos chistecitos nuevos del chato Barraza, para sonreír juntos durante el viaje. Pero él no llegó. Sin explicación, sin motivo, simplemente no vino. Pensé que tal vez fue solo ese día, tal vez una infección estomacal por comer huesito broster o tal vez se agripó con el cambio de clima. Pero al día siguiente tampoco llegó. Ni al otro, ni la siguiente semana, ni el siguiente mes. Lo extraño. Debe haberse mudado de domicilio o trabajo. Yo entiendo eso. ¿Pero que no viniera a despedirse? ¿Acaso no significaba yo nada para él? Eso duele. Duele mucho.

 

Nuevamente no tengo sitio en el Expreso 3. He buscado entre los viajantes algún otro pequeño cabezón, pero con ninguno somos cóncavo y convexo. Subir al metropolitano se ha vuelto una tortura otra vez. He visitado a una psicóloga a que me ayude a superar mi depresión. Me ha recomendado unos libros de Paulo Coelho. Algo sobre alguien sentarse al lado de un río. Espero poder superar esta desilusión. Mi psicóloga dice que no estoy deprimido, solo es tristeza. Tristeza en el metropolitano. Te extraño Justin.

 

 

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